Después de más de dos décadas de ausencia en los ecosistemas silvestres del suroeste de Estados Unidos, el aullido del lobo mexicano (Canis lupus baileyi) volvió a escucharse en 1998. Para entonces, la subespecie más amenazada de Norteamérica había sido prácticamente exterminada en libertad y su supervivencia dependía de apenas siete ejemplares que permanecían bajo cuidado humano.
Casi tres décadas después, el panorama parece distinto. En Estados Unidos sobreviven alrededor de 300 lobos mexicanos en estado silvestre, mientras que en México la población apenas alcanza un par de veintenas de individuos. Las cifras podrían interpretarse como una historia de éxito para la conservación, pero detrás de este crecimiento existe un debate sobre qué tan sólida es la recuperación, cuáles han sido las decisiones determinantes para conseguirla y qué medidas podrían ponerla nuevamente en riesgo.
La discusión ha adquirido mayor relevancia ante un proyecto legislativo en Estados Unidos que podría modificar el manejo de la especie. Para David Parsons, biólogo especializado en conservación de carnívoros y excoordinador del programa de reintroducción del lobo mexicano del Servicio de Pesca y Vida Silvestre de Estados Unidos (USFWS) entre 1990 y 1999, las consecuencias podrían ser graves.
“Si [el proyecto] se aprueba, en mi opinión, conduciría a la segunda extinción de lobos mexicanos en estado silvestre”, advierte Parsons, quien actualmente forma parte de la junta directiva del Rewilding Institute.
Una especie que comparte territorio con la ganadería
El desafío de recuperar al lobo mexicano no consiste únicamente en aumentar el número de ejemplares. La reintroducción se desarrolló en territorios que no son grandes áreas protegidas aisladas, sino paisajes donde también viven comunidades rurales y se desarrolla la actividad ganadera.
Su distribución histórica coincide en buena medida con zonas que actualmente son utilizadas por productores de ganado. Por ello, cada encuentro entre lobos y animales domésticos puede convertirse en un conflicto que obliga a conciliar la conservación de la especie con las necesidades de las comunidades.
“No hay muchas áreas protegidas grandes donde puedan establecerse”, explica Stewart Breck, exinvestigador del Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA) y autor principal de un reciente modelo demográfico sobre el lobo mexicano. “La recuperación ocurre en paisajes compartidos con personas, principalmente ganaderos”, señala el especialista en conflictos entre humanos y carnívoros.
Esta convivencia hace que las decisiones de manejo tengan un peso considerable en la evolución de la población. Las autoridades no sólo deben considerar la biología de los lobos, sino también las medidas necesarias para reducir los conflictos con los productores.
Menos remociones, una población en crecimiento
Los registros oficiales muestran que la población silvestre de lobos mexicanos en Estados Unidos ha crecido durante nueve años consecutivos. En 2024 se contabilizaron al menos 286 ejemplares distribuidos entre Arizona y Nuevo México.
El análisis realizado por Breck y sus colegas apunta a una tasa promedio de crecimiento anual cercana al 12 % entre 2019 y 2024. Sin embargo, los investigadores también encontraron que la población atravesó inicialmente un periodo de estancamiento. Según Breck, uno de los principales factores fue la intensidad de las remociones de ejemplares durante los primeros años del programa.
Estas intervenciones pueden incluir la captura, translocación o extracción definitiva de lobos de la vida silvestre. En algunos casos, los animales son trasladados a centros de manejo o cautiverio después de conflictos con el ganado; en otros, pueden estar involucradas medidas de control letal.
“Al inicio, la remoción agresiva de individuos para reducir conflictos con el ganado afectaba la tasa de crecimiento poblacional. Reducir esas remociones tuvo un gran impacto en fomentar el crecimiento de los lobos mexicanos”, explica Breck.
El especialista señala, sin embargo, que la mortalidad ilegal continúa siendo una amenaza difícil de controlar. Aunque las autoridades pueden modificar sus propias estrategias de manejo, tienen menos capacidad para impedir la caza furtiva y otras formas de mortalidad ilegal.
“Hay diferentes factores que influyen en la demografía de los lobos mexicanos: la mortalidad ilegal es uno de ellos, pero la remoción por manejo también. El Servicio de Pesca y Vida Silvestre se esfuerza mucho por reducir la matanza ilegal de lobos, aunque es difícil detenerla por completo”, afirma Breck.
Así, el aumento de la población representa un avance importante, pero no necesariamente el final del proceso de recuperación. El futuro del lobo mexicano dependerá de que las estrategias de conservación logren mantener el crecimiento de la población al mismo tiempo que reducen los conflictos con las comunidades que comparten su territorio. La recuperación, en otras palabras, no se mide únicamente por el número de lobos que vuelven a aullar, sino por la capacidad de garantizar que puedan permanecer en libertad.
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