Después de décadas de alertas, esfuerzos comunitarios y políticas de protección, una noticia esperanzadora comienza a consolidarse: la tortuga verde ya no se encuentra en la categoría de peligro de extinción a nivel global. El cambio no es menor. Refleja que las acciones de conservación sostenidas sí funcionan, especialmente cuando gobiernos, comunidades costeras y organizaciones trabajan de forma coordinada.
Durante gran parte del siglo XX, esta especie enfrentó una caída drástica de sus poblaciones debido a la caza ilegal, la recolección de huevos, la contaminación marina y la pérdida de playas de anidación. Hoy, aunque sigue siendo vulnerable en varias regiones, sus poblaciones muestran signos claros de recuperación, lo que permitió mejorar su estatus de conservación.
¿Qué cambió para la tortuga verde?
El principal factor ha sido la protección legal internacional. La prohibición del comercio de carne, huevos y caparazón redujo de forma significativa la presión directa sobre la especie. A esto se suman programas de monitoreo y protección de nidos, impulsados en muchas playas por comunidades locales.
Otro elemento clave ha sido la recuperación de hábitats costeros y la creación de áreas marinas protegidas, que ofrecen zonas más seguras para su alimentación y migración. Estas acciones han permitido que más crías lleguen a la edad adulta, un punto crítico en el ciclo de vida de las tortugas marinas.
Un logro que no significa bajar la guardia
Aunque ya no está catalogada como en peligro de extinción, la tortuga verde aún enfrenta amenazas importantes. El cambio climático, la contaminación por plásticos y la pesca incidental siguen afectando su supervivencia, especialmente en ciertas regiones.
Este avance demuestra que la conservación da resultados, pero también recuerda que los logros pueden revertirse si se abandonan las medidas de protección. Cuidar los océanos, reducir nuestros residuos y apoyar iniciativas locales sigue siendo parte del camino para asegurar que esta historia siga siendo una buena noticia.
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