Chile atraviesa horas críticas. Un megaincendio forestal en la zona centro-sur del país ha dejado al menos 19 personas fallecidas, más de 1,500 personas damnificadas y cerca de un millar de viviendas afectadas, muchas de ellas completamente destruidas. La emergencia ha obligado a evacuar comunidades enteras y ha puesto en evidencia, una vez más, la vulnerabilidad de los territorios frente a incendios cada vez más extremos.
Las regiones de Biobío y Ñuble concentran los daños más severos. En las últimas horas, las autoridades confirmaron que más de 25 mil hectáreas han sido consumidas por el fuego, impulsado por altas temperaturas, sequía prolongada y fuertes vientos, condiciones que dificultan el trabajo de brigadistas y equipos de emergencia.
Comunidades afectadas y respuesta de emergencia
El impacto humano es profundo. Familias que lo perdieron todo enfrentan ahora la incertidumbre del desplazamiento y la reconstrucción, mientras continúan las labores de búsqueda, evaluación de daños y apoyo a personas heridas o sin hogar. El gobierno de Gabriel Boric decretó estado de catástrofe en las zonas más afectadas y ha enfocado los esfuerzos en contener los focos activos y atender a las comunidades.
La magnitud del desastre ha activado redes de solidaridad, voluntariado y apoyo local, recordando que la respuesta comunitaria es clave en momentos de crisis, pero también que no puede sustituir políticas públicas sólidas de prevención y ordenamiento territorial.

Incendios más intensos, un patrón que se repite
Aunque las investigaciones sobre el origen del incendio continúan, especialistas y autoridades coinciden en que estos eventos ya no son excepcionales. La combinación de cambio climático, sequía estructural y expansión urbana sin planeación está creando escenarios cada vez más propensos a megaincendios, no solo en Chile, sino en toda la región.
Esta tragedia vuelve a poner sobre la mesa una pregunta incómoda pero urgente: ¿estamos haciendo lo suficiente para prevenir, adaptarnos y proteger a las comunidades? Controlar el fuego es prioritario hoy, pero reducir el riesgo a futuro exige cambios estructurales, desde la gestión de los bosques hasta la forma en que habitamos el territorio.
Mientras el incendio sigue activo y las cifras pueden actualizarse en las próximas horas, una cosa es clara: proteger la vida, los ecosistemas y a las personas no puede seguir siendo una reacción tardía, sino una prioridad permanente.
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