A pesar de décadas de investigación científica sobre el calentamiento global, una parte importante de la población estadounidense todavía desconoce o cuestiona el papel de las actividades humanas en el cambio climático. Alrededor del 36 % de los estadounidenses no reconoce la influencia humana sobre el calentamiento del planeta, una percepción que no se limita al ámbito de las opiniones personales: también puede tener consecuencias sobre las decisiones políticas y ambientales de uno de los países con mayores emisiones históricas de gases de efecto invernadero.
Durante la presidencia de Donald Trump, esta visión adquirió una dimensión política particularmente relevante. El expresidente tomó decisiones como retirar a Estados Unidos de acuerdos internacionales destinados a enfrentar el cambio climático, evidenciando cómo las posiciones contrarias al consenso científico pueden traducirse en políticas públicas con repercusiones internacionales.
Cómo se construye la duda sobre la ciencia
La persistencia del negacionismo climático resulta especialmente llamativa ante la cantidad de evidencia científica disponible. La manera en que se construyen y difunden estas dudas ha sido analizada por Naomi Oreskes y Erik Conway en Mercaderes de la duda, una obra que examina las estrategias utilizadas históricamente para poner en cuestión consensos científicos.
Los autores identifican similitudes entre las campañas de desinformación sobre el cambio climático y las estrategias empleadas por la industria tabacalera durante el siglo XX. En aquel momento, las empresas enfrentaron investigaciones que relacionaban el consumo de tabaco con graves problemas de salud. En lugar de aceptar rápidamente sus implicaciones, distintos actores promovieron argumentos destinados a sembrar incertidumbre y retrasar posibles regulaciones.
De acuerdo con Oreskes y Conway, mecanismos similares han aparecido en otros debates científicos y ambientales. La estrategia no necesariamente consiste en demostrar que la evidencia es falsa, sino en generar suficiente incertidumbre para convencer al público de que todavía no existe una respuesta clara.
El problema se vuelve particularmente relevante cuando los medios de comunicación presentan el debate científico como si existieran dos posiciones equivalentes, aunque una de ellas tenga un respaldo considerablemente menor entre los especialistas. El llamado a mostrar «ambas partes» puede terminar creando una falsa equivalencia y dando una relevancia desproporcionada a posturas marginales.
Cuando la incertidumbre se convierte en una herramienta política
La ciencia no funciona a partir de certezas absolutas. Sus conclusiones se construyen mediante la acumulación de evidencia, la revisión de resultados y el consenso que surge entre investigadores. Por eso, la existencia de preguntas abiertas no significa que todas las explicaciones tengan el mismo respaldo científico.
Esta distinción resulta fundamental para comprender el debate sobre el cambio climático. La evidencia acumulada durante décadas ha permitido establecer con un alto grado de certeza que las actividades humanas, particularmente la emisión de gases de efecto invernadero, están provocando el calentamiento del planeta.
Mercaderes de la duda muestra que este tipo de debates no son nuevos. Los autores revisan casos relacionados con el tabaco, los clorofluorocarbonos (CFC) y las armas nucleares para explicar cómo determinados intereses pueden utilizar la incertidumbre como estrategia para retrasar decisiones políticas.
El cambio climático representa uno de los desafíos más complejos de este fenómeno. Cuando la duda se convierte en un argumento para posponer medidas, el costo de la inacción puede aumentar mientras los efectos ambientales continúan acumulándose.
Por ello, comprender cómo funciona la desinformación científica resulta relevante tanto para periodistas como para lectores. Más que presentar cualquier controversia como un enfrentamiento entre dos posiciones equivalentes, el reto consiste en entender el peso de la evidencia disponible y el grado de consenso existente.
El caso estadounidense demuestra que la percepción pública de la ciencia puede influir directamente en las decisiones de gobierno. En un problema global que requiere respuestas coordinadas, distinguir entre una incertidumbre científica legítima y una duda construida deliberadamente puede ser una de las herramientas más importantes para evitar que la desinformación termine convirtiéndose en política climática.
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