Turismo de naturaleza: cuando visitar un paraíso puede ponerlo en riesgo 

Turismo de naturaleza: cuando visitar un paraíso puede ponerlo en riesgo
Turismo de naturaleza: cuando visitar un paraíso puede ponerlo en riesgo 

Un paisaje natural que se vuelve popular en redes sociales puede parecer una invitación irresistible: una playa paradisíaca, una montaña, una reserva o la posibilidad de acercarse a un animal silvestre.  

Sin embargo, antes de preparar las maletas conviene hacerse una pregunta: ¿ese lugar tiene las condiciones para recibir a todos los visitantes que quieren conocerlo? 

Para Rosalba Quintana Bustamante, investigadora posdoctoral del Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias (CRIM) de la UNAM, reconocer que somos visitantes y no propietarios de esos espacios es el primer paso para realizar un turismo más responsable. 

Existe una diferencia importante entre turismo de naturaleza y ecoturismo. Mientras el primero se refiere a actividades turísticas realizadas en entornos naturales, el segundo incorpora como uno de sus objetivos centrales la conservación y la reducción del impacto ambiental. 

“El ecoturismo está asociado sobre todo con tratar de hacer prácticas responsables con el ambiente”. Esto implica utilizar herramientas o materiales sustentables, realizar actividades de bajo impacto y establecer límites respecto al número de visitantes que puede recibir un sitio. 

En cambio, en el turismo de naturaleza puede existir una preocupación por conservar los espacios, pero no necesariamente constituye la prioridad. La competencia por atraer más visitantes y satisfacer sus necesidades puede terminar en una mayor presión sobre los recursos naturales. 

Cuando un lugar se vuelve demasiado popular 

Uno de los principales riesgos para los destinos naturales es precisamente aquello que los hace atractivos: que cada vez más personas quieran conocerlos. 

Un sitio puede difundirse en redes sociales, volverse viral y recibir de pronto una cantidad de visitantes para la que no está preparado. El resultado puede ser la acumulación de basura, la saturación de los servicios de agua, alimentos y alojamiento, así como una demanda de infraestructura que el lugar no puede sostener. 

“Entre más personas llegan a un lugar, pues se ocupan más recursos, más infraestructura, hay más daño ecológico”. 

El problema también puede transformar la vida de las comunidades que habitan esos territorios. Cuando un destino adquiere popularidad, inversionistas pueden comenzar a desarrollar hoteles, casas de descanso y otro tipo de infraestructura. En algunos casos, esto provoca la compra de tierras o incluso el desplazamiento de la población local. 

La investigadora menciona como ejemplo algunas zonas costeras de Yucatán que anteriormente eran comunidades pesqueras alejadas y que actualmente están ocupadas por hoteles y casas de descanso, mientras parte de la población local ha dejado de vivir ahí. 

El turismo también puede transformar aquello que busca conocer 

La popularidad de un lugar puede convertirse así en una paradoja: las personas llegan atraídas por un espacio natural y, precisamente por la cantidad de visitantes, contribuyen a modificarlo. 

Este fenómeno también ha ocurrido con sitios que alcanzan fama después de aparecer en películas o redes sociales. La difusión masiva puede provocar que un sitio anteriormente poco visitado reciba una cantidad de personas que sus ecosistemas no están preparados para soportar. 

Por eso, la investigadora considera que la responsabilidad no recae únicamente en quienes administran los destinos. También corresponde a quienes los visitan.

 

Antes de viajar, conocer el lugar 

Para la investigadora, una de las primeras acciones de un turista responsable es informarse antes de llegar. 

No basta con conocer el nombre de la playa, bosque o reserva que se quiere visitar. Es importante saber quiénes viven ahí, cuáles son las condiciones del sitio, qué recursos existen y qué actividades están permitidas. 

En algunos destinos, por ejemplo, el acceso al agua o a la electricidad es limitado y se utilizan sistemas como celdas solares. Pretender encontrar las mismas comodidades que en un hotel de cinco estrellas puede generar una presión innecesaria sobre los recursos del lugar. 

“Hay que conocer cuáles son los límites, qué se puede hacer, qué no se puede hacer y, sobre todo, el porqué”. 

Las reglas no existen simplemente para limitar la experiencia del visitante. En muchos casos responden a la necesidad de conservar un ecosistema. 

Los animales no están ahí para entretenernos 

La relación entre turismo y naturaleza adquiere otra dimensión cuando los protagonistas son animales silvestres. 

La investigadora, quien realiza parte de su trabajo en Baja California Sur, explica que algunas actividades turísticas buscan acercar a las personas a especies marinas, como las ballenas. El deseo de tocarlas o conseguir una fotografía puede llevar a los visitantes a olvidar que están frente a un animal silvestre. 

Aunque una ballena se acerque a una persona, lo más recomendable es no tocarla. Existe la posibilidad de transmisión de enfermedades entre humanos y animales, pero además no podemos saber cuál es el estado del animal en ese momento. Puede estar estresado, sensible, buscando alimento o enfrentando alguna situación que haga que su comportamiento sea diferente. 

“Los animales también tienen un temperamento”. El hecho de que un ejemplar se acerque a las personas no significa que siempre sea amigable ni que esté disponible para interactuar con ellas. 

La comparación que propone es sencilla: cuando alguien visita la casa de otra persona, entiende que está entrando en un espacio ajeno y debe comportarse de acuerdo con ciertas reglas. Con los ecosistemas ocurre algo similar. 

“Nosotros, más bien, tenemos que entender que en esos lugares no somos las personas que pueden controlar lo que sucede ahí”. 

Ser visitantes, no propietarios 

“Reconocernos como visitantes puede cambiar la manera en que nos relacionamos con los espacios naturales”. 

Eso significa entender que podemos conocer un lugar sin apropiarnos de él: no hacer fogatas donde están prohibidas, no ingresar a zonas restringidas, no cortar plantas, no llevarnos animales o elementos del ecosistema y respetar las indicaciones de quienes conocen y habitan el sitio. 

“Yo estoy aquí, no soy de aquí; tengo que cuidar este lugar”. Esta actitud también beneficia a las comunidades que dependen económicamente del turismo. Si un sitio se conserva, puede recibir visitantes y generar ingresos para quienes viven de esa actividad. 

Por ello, la responsabilidad no consiste en dejar de viajar ni en renunciar a disfrutar de la naturaleza. Se trata de hacerlo de una manera que permita que esos lugares continúen existiendo. 

Escuchar a quienes viven ahí 

Quintana Bustamante insiste en que quienes habitan un territorio poseen conocimientos que los visitantes difícilmente pueden tener. 

“Hay que escuchar a las personas que viven aquí, que han estado ahí desde siempre y que saben mejor que nadie cómo funciona el lugar”. 

Desde esta perspectiva, el turismo responsable implica reconocer que cada destino tiene sus propias condiciones, límites, habitantes y dinámicas ecológicas. 

Visitar la naturaleza no significa imponer nuestras necesidades sobre ella. Significa entrar temporalmente en un espacio que ya tiene una historia, una comunidad y una vida propia. 

“Porque antes de preguntarnos qué podemos obtener de un lugar, quizá convendría preguntarnos qué podemos hacer para que, cuando nos vayamos, el lugar siga tan vivo como lo encontramos”, concluyó la investigadora. 

Con información de la UNAM 

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