Cuando se menciona la palabra “abeja”, la mayoría de las personas imagina inmediatamente una colmena llena de individuos trabajando de manera organizada, produciendo miel bajo la dirección de una reina.
Esta imagen, aunque correcta para algunas especies, representa únicamente una pequeña parte de la diversidad de abejas que existe en el planeta. En realidad, el mundo de las abejas es mucho más amplio y complejo de lo que comúnmente se cree.
Actualmente se conocen más de 20 000 especies de abejas en el mundo, y la mayoría de ellas no vive en colmenas ni forma sociedades organizadas. De hecho, alrededor del 90% de las especies corresponden a las llamadas abejas solitarias.
A diferencia de las abejas melíferas, estas no producen miel en cantidades comerciales, no forman enjambres y tampoco cuentan con una estructura social compleja. Cada hembra es responsable de construir su propio nido, recolectar alimento y garantizar el desarrollo de sus crías sin la ayuda de otros individuos.
De acuerdo con la Dra. Marcela Esmeralda Sarabia Ochoa, investigadora del Instituto de Investigaciones en Ecosistemas y Sustentabilidad (IIES) de la UNAM, una de las características fundamentales de muchas de estas especies es que construyen sus nidos bajo tierra.
Para ello, excavan pequeños túneles en suelos con determinadas características físicas, generalmente en zonas poco compactadas y con escasa perturbación.
Dentro de estos túneles elaboran celdas individuales donde depositan una mezcla de polen y néctar que servirá de alimento para la futura larva. Posteriormente colocan un huevo y sellan la celda, dejando que el desarrollo del nuevo individuo ocurra completamente bajo la superficie.
Esta estrecha relación con el subsuelo permite comprender por qué las características físicas del terreno son determinantes para su supervivencia.
Cuando se habla de suelo, generalmente se piensa en agricultura, nutrientes, microorganismos o crecimiento vegetal. Sin embargo, rara vez se considera que también constituye el hogar de numerosos organismos esenciales para los ecosistemas, entre ellos una gran diversidad de polinizadores.
Para las abejas solitarias, el suelo no es simplemente un soporte físico, sino un componente indispensable para completar su ciclo de vida.
La supervivencia de estas especies depende de que el suelo conserve una estructura adecuada y una porosidad suficiente que permita la excavación y el mantenimiento de los túneles. Cuando estas condiciones se alteran, las abejas enfrentan serias dificultades para reproducirse.
Uno de los principales problemas es la compactación del suelo provocada por el uso de maquinaria pesada en actividades agrícolas y de construcción. Al endurecerse el terreno, las abejas encuentran mayores obstáculos para excavar y establecer sus nidos.
Otro factor de riesgo importante es la labranza intensiva. Las labores frecuentes de preparación del terreno pueden destruir directamente los nidos subterráneos mientras las larvas aún se encuentran en desarrollo.
Debido a que todo el proceso ocurre bajo tierra, estos daños suelen pasar inadvertidos para las personas, aunque sus consecuencias sobre las poblaciones de abejas pueden ser significativas.
Además de las alteraciones físicas del suelo, existe una amenaza química relacionada con el uso de pesticidas. Diversas investigaciones han demostrado que algunos insecticidas sistémicos, especialmente los neonicotinoides, pueden acumularse en el suelo y alcanzar concentraciones incluso superiores a las encontradas en las flores.
Esta situación resulta particularmente preocupante para las abejas que anidan bajo tierra, ya que las larvas permanecen enterradas durante semanas o meses dentro de sus celdas.
Como consecuencia, se exponen de manera constante a estos compuestos, lo que puede afectar su desarrollo, reducir su tamaño corporal y disminuir sus probabilidades de supervivencia.
A las amenazas derivadas de la degradación y contaminación del suelo se suma otro problema: la escasa atención que reciben estas especies en comparación con otros polinizadores más conocidos.
A pesar de su importancia ecológica, las abejas solitarias suelen permanecer fuera del foco de atención. Debido a que no producen miel aprovechable comercialmente, no viven en colmenas visibles y no forman grandes agrupaciones, con frecuencia pasan desapercibidas incluso en los programas de conservación.
Durante muchos años, gran parte de la preocupación pública y científica por los polinizadores se concentró casi exclusivamente en la abeja melífera europea, Apis mellifera.
Aunque la conservación de esta especie es relevante, esta visión limitada ha contribuido a que miles de especies nativas reciban menos atención de la que merecen.
Por ello, resulta importante cambiar nuestra percepción acerca del suelo y de los organismos que habitan en él. Un espacio de suelo desnudo en una milpa, un jardín o la orilla de un camino puede parecer vacío a simple vista, pero debajo de la superficie puede existir una compleja red de túneles donde se desarrollan larvas y trabajan silenciosamente cientos de abejas solitarias.
Estos insectos contribuyen diariamente a la reproducción de una gran cantidad de plantas silvestres y cultivadas, favoreciendo la producción de flores, frutos y semillas que sostienen la biodiversidad y la alimentación humana.
Reconocer su importancia y proteger las condiciones que necesitan para sobrevivir es fundamental para conservar la diversidad de abejas y garantizar el funcionamiento de los ecosistemas.
Con información de la UNAM
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