Colima, México.- Pescadores, salineros, investigadores, ambientalistas y colectivos se reunieron el domingo 30 de agosto en el Club de Leones de Manzanillo para discutir el futuro de la Laguna de Cuyutlán y, particularmente, del Vaso II, ante los proyectos de expansión del Puerto de Manzanillo.
El foro comunitario “Voces de la Laguna: por la defensa de la Laguna de Cuyutlán” reunió distintas perspectivas alrededor de una preocupación común: cómo conciliar el crecimiento portuario con la conservación de un territorio que concentra biodiversidad, actividades productivas, identidad comunitaria y patrimonio histórico.
A lo largo de la jornada, las discusiones abordaron distintas disciplinas y experiencias de vida. Se habló de biodiversidad, trabajo, sal, pesca, conectividad ecológica, eficiencia portuaria, desigualdad, paisaje y patrimonio arqueológico. Pero, detrás de cada exposición, persistía una pregunta difícil de ignorar: ¿cuánto estamos dispuestos a perder en nombre del desarrollo?
La Laguna de Cuyutlán volvió así a convertirse en un punto de encuentro para voces diversas y, al mismo tiempo, en el escenario de un debate que desafía los límites del progreso, la conservación del medio ambiente y de un legado cultural irremplazable.
FORO COMUNITARIO REÚNE VOCES POR LA DEFENSA DE LA LAGUNA DE CUYUTLÁN
La bióloga Mariana Gudiño Pérez, coordinadora del colectivo Pura Vida, abrió la jornada con el análisis “Proyecto Puerto Nuevo Manzanillo: ampliación hacia la Laguna de Cuyutlán”. Recordó que actualmente se analiza una nueva Manifestación de Impacto Ambiental (MIA) y destacó los avances de la movilización ciudadana, entre ellos la defensa de las Islas Cocodrilo, cuya eliminación llegó a contemplarse en propuestas anteriores.
La científica puso en el centro de la reflexión los límites ecológicos y sociales de un modelo de desarrollo que ejerce una presión creciente sobre la región. Su participación permitió comprender la urgencia de construir alternativas que prioricen la vida por encima de la explotación desmedida, que la defensa de la Laguna de Cuyutlán no puede analizarse de manera aislada, sino como parte del futuro de Colima.
María del Carmen Velasco Chávez, presidenta de la Sociedad Cooperativa de Acuicultores de la Laguna de Cuyutlán, presentó “Daños ocasionados a la Laguna de Cuyutlán: evidencia histórica” un recuento histórico de los daños ambientales registrados durante las últimas décadas y cuestionó la falta de seguimiento y respuesta institucional.
El análisis de la actual MIA continuó con la ponencia “Análisis de los impactos ambientales del Proyecto Puerto Laguna de Cuyutlán” ostentada por Mark Cherneck, director de la Red Mundial de Derecho Ambiental (ELAW), y la científica Fernanda Salinas, quienes señalaron la necesidad de considerar los impactos acumulativos y permanentes de la expansión portuaria.
La ingeniera Lourdes Cárdenas Terrones, representante de la asociación civil Defensores del Medio Ambiente y Recursos del Mañana (DEMAREM), presentó el “Posicionamiento oficial de la Sociedad Cooperativa de Salineros de Colima: 101 años de historia salinera ante la amenaza del puerto” y la ponencia “Lo que podemos perder: turismo, paisaje y actividades tradicionales”, que ampliaron la discusión hacia las posibles repercusiones sociales y ambientales de la expansión portuaria.
El foro también puso sobre la mesa las condiciones laborales y sociales vinculadas al sistema portuario. Luis Fernando Gudiño Pérez, exoperador de transporte de carga, habló sobre trabajo, desigualdad y exclusión, mientras que Manuela Fernanda Roldán planteó revisar primero la eficiencia de la infraestructura existente antes de ocupar nuevos espacios en la laguna.
La licenciada Manuela Fernanda Roldán planteó una idea que abarcó buena parte del encuentro: la mitigación ambiental no debería comenzar con la ocupación de nuevos espacios, sino en revisar si la infraestructura existente está siendo utilizada con eficiencia. Esta reflexión fue desarrollada en su ponencia “Eficiencia operativa vs. ampliación en el Vaso II de la Laguna de Cuyutlán”.
La conectividad del territorio fue otro de los temas abordados. El doctor Daniel Ramírez Arce, director de investigación de Pura Vida, presentó la ponencia “Fragmentación, conectividad y expansión portuaria: ¿estaremos evaluando el paisaje completo?”.
Por su parte, el doctor Basilio Lara Chávez, especialista en Oceanología, expuso “Avances para equilibrar los ambientes costeros y portuarios de Manzanillo, Colima, México”. Durante su intervención presentó una propuesta propia en la que planteó alternativas para orientar parte del crecimiento portuario hacia el mar y evitar una mayor intervención sobre la laguna.
La doctora Elisa Gutiérrez Guzmán presentó “Ampliación del puerto sobre grietas profundas: cuando el proyecto rebasa su polígono. Planeación, riesgo y límites públicos en Manzanillo”, donde destacó que los impactos ambientales van mucho más allá del polígono señalado en la MIA.
El bloque de exposiciones concluyó con la ponencia “Escazú y Cuyutlán”, del defensor ambiental Eduardo Mosqueda Sánchez, en una jornada que reunió distintas disciplinas y perspectivas sobre el futuro del ecosistema.
Como cierre, el profesor Héctor Jesús Lara Chávez presentó un oficio dirigido a la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales, firmado por asistentes al foro, para solicitar la creación de un Consejo Consultivo para el Desarrollo Sustentable del proyecto Puerto Laguna de Cuyutlán, como mecanismo permanente de participación social, transparencia y seguimiento ambiental.
Las exposiciones coincidieron en que un territorio no puede reducirse a las coordenadas de una obra. Los impactos ambientales y sociales se extienden más allá de los límites administrativos de un proyecto y afectan sistemas ecológicos, comunidades, actividades económicas y paisajes construidos durante generaciones.
LA MEMORIA QUE TAMBIÉN HABITA LA LAGUNA
Entre las preocupaciones ambientales, sociales y económicas expuestas durante el foro presenté la ponencia “Laguna de Cuyutlán, tesoro biocultural de Colima”, dedicada a un tema que con frecuencia queda relegado en las grandes discusiones sobre infraestructura: la memoria arqueológica del territorio.
La Laguna de Cuyutlán conserva evidencias de antiguas ocupaciones humanas y de procesos históricos que ayudan a comprender la relación de los pueblos del Occidente de México con el mar.
Los vestigios documentados en la región hablan de asentamientos prehispánicos, aprovechamiento de los recursos naturales e intercambios comerciales y culturales que conectaron a la costa de Colima con otras regiones del Pacífico.
Recientes investigaciones arqueológicas han planteado la importancia de las rutas marítimas prehispánicas y de los intercambios entre la costa de Colima y regiones de Sudamérica como Ecuador, Costa Rica y Perú, hasta mil años antes de la Conquista.
Investigaciones de especialistas como James Zeidler y José Carlos Beltrán Medina han contribuido a profundizar en el estudio de las rutas marítimas y los intercambios prehispánicos en el Pacífico.
Las similitudes entre materiales recuperados en distintas regiones han abierto nuevas líneas de investigación sobre las conexiones entre la costa de Colima y otros territorios de América. Este conocimiento ha contribuido a replantear la importancia de las rutas marítimas antiguas en el Pacífico. Sin embargo, buena parte de esta historia continúa en proceso de estudio.
Desde esa perspectiva, durante mi participación me pronuncié por evitar intervenciones que pudieran destruir evidencias arqueológicas antes de que sean plenamente investigadas.
La Laguna de Cuyutlán es un tesoro biocultural que enfrenta la amenaza de destrucción debido a la expansión del Puerto de Manzanillo, su conservación plantea una responsabilidad que no puede seguir postergándose. Pero esa riqueza enfrenta una paradoja: mientras comenzamos a comprender su dimensión histórica, parte de sus evidencias se encuentran amenazadas.
Desde hace décadas, la arqueología de la costa de Colima enfrenta saqueos, transformaciones aceleradas del territorio y una limitada capacidad institucional para investigar y proteger la totalidad de los sitios existentes.
Investigaciones realizadas por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) en torno a la Laguna de Cuyutlán han advertido, además, que “la costa de Colima arqueológicamente ha sido poco estudiada”. Ese es quizá uno de los mayores riesgos: destruir antes de conocer. Preocupación expuesta por las arqueólogas María de los Ángeles Olay Barrientos, Margarita Carballal Staedtler y María Antonieta Moguel Cos, en la investigación divulgada en 2015 La vida en época prehispánica en la Laguna de Cuyutlán, Colima, México: Conocimiento, adaptación y aprovechamiento de recursos del medio ambiente.
En el estudio La arqueología de la Laguna de Cuyutlán, Manzanillo, Colima. Una evaluación de diez años de salvamentos arqueológicos, publicado en 2020, Moguel Cos y Carballal Staedtler señalan que “este gran proyecto de transformación de la costa de Colima se instrumentó a contrapelo de las inversiones previas que apostaban por la conservación del entorno de la gran Laguna de Cuyutlán”, lamentan las investigadoras.
Estos descubrimientos nos recuerdan la urgencia de recuperar la memoria histórica de Colima, que implica reconocer las distintas etapas de conexión que este territorio ha mantenido con el mundo: desde las redes de intercambio prehispánicas del Pacífico hasta las rutas comerciales que, siglos después, vincularon a la Nueva España con Asia.
RESCATAR NO SIEMPRE SIGNIFICA CONSERVAR
La discusión sobre el Vaso II no se limita a la conservación ambiental. En este territorio existe también una memoria arqueológica cuya dimensión aún no conocemos por completo.
La Laguna de Cuyutlán fue un espacio estratégico para el intercambio marítimo prehispánico. No puede ignorarse que el Vaso II posee un valor cultural incalculable. Por ello, uno de los temas que consideré indispensable abordar fue el papel de los salvamentos o rescates arqueológicos.
La realización de un rescate arqueológico puede recuperar información valiosa antes de una obra; sin embargo, no debe confundirse con la conservación integral del patrimonio.
Un sitio arqueológico no está formado únicamente por los objetos que pueden extraerse del suelo. Su valor también depende de su contexto: de su ubicación, de su relación con el paisaje, con otros vestigios y con las huellas materiales que permiten interpretar la vida de quienes lo habitaron.
Un salvamento arqueológico es, por naturaleza, un proceso inherentemente destructivo e irreversible. Una vez removido el contexto original, ninguna tecnología puede devolverlo exactamente a su estado anterior. Se trata de excavaciones orientadas a recuperar la mayor cantidad de información en sitios arqueológicos amenazados con desaparecer. Estos trabajos enfrentan limitaciones de tiempo, personal, herramientas, recursos y condiciones que pueden dificultar la recuperación integral de la información y de aquellos vestigios que no pueden trasladarse, y la pérdida de un paisaje insustituible.
También es necesario que el conocimiento generado por los rescates arqueológicos regrese a la sociedad. Investigar y recuperar información no debería ser el último paso. La difusión y la investigación posterior son fundamentales para que el patrimonio se convierta en identidad colectiva, sin embargo, la situación del patrimonio arqueológico en Colima refleja una crisis de conservación que se ha agravado durante las últimas décadas.
Numerosos sitios arqueológicos, incluso algunos recientemente descubiertos, ni siquiera alcanzan a ser investigados o protegidos formalmente antes de desaparecer o quedar olvidados, devorados por el acelerado crecimiento urbano. Se trata de una pérdida silenciosa y progresiva de la historia de Colima, una desaparición que muchas veces ocurre sin que la sociedad llegue siquiera a enterarse.
A esta problemática se suma la limitada disponibilidad de recursos destinados a la investigación arqueológica. Esa situación restringe las labores de conservación, restauración y salvamento, además de retrasar la difusión del conocimiento generado por los especialistas.
La defensa del patrimonio, sin embargo, no depende únicamente de las instituciones. También requiere una sociedad informada, capaz de reconocer y preservar el valor de su entorno y su cultura.
ARTE, COMUNIDAD Y DEFENSA DEL TERRITORIO
El arte también encontró su lugar como herramienta de reflexión y participación comunitaria. Después del bloque de ponencias, el encuentro continuó con actividades artísticas y espacios de convivencia, además de acciones dirigidas a niñas y niños para acercarlos a la biodiversidad y al conocimiento de la Laguna de Cuyutlán.
Los talleres ofrecidos fueron “Carta a un lugar”, a cargo de la Mesa de Escritores; “Laberinto sensorial Nuestra Laguna”, impartido por la Mtra. Gabriela Huerta; “Pinta tu separador inspirado en la laguna”, con Melina Guijarro y “Artivismo y cartografía viva”, con la participación de VIMAC, Colima Sostenible y Pura Vida.
También se realizó “Mojiganga: tortuga de materiales de reúso”, de Galería Tierra Mojada, y la “Mesa de diálogo: ¿Hacia dónde vamos?”, organizada por el Colectivo Salvemos Cuyutlán, en la que se abrió un espacio para la reflexión sobre el futuro de la laguna y su territorio.
El foro concluyó con la proyección de las películas “Los que dicen ¡NO!”, del Dr. Ángel F. Flores, presentada por Cine Puerto, y “Hoppers: Operación castor”, del Dr. Daniel Chong, cerrando un encuentro que apostó por la información, el diálogo y la construcción colectiva.
Encuentros como este resultan fundamentales para abrir espacios de información, diálogo y reflexión. Conocer lo que está en juego es también una forma de participar en las decisiones que definirán el futuro de uno de los territorios de mayor riqueza ambiental y cultural de Colima.
EL VERDADERO SIGNIFICADO DEL PROGRESO
La Laguna de Cuyutlán concentra en un mismo territorio biodiversidad, trabajo, memoria, cultura e identidad. En sus aguas y alrededores se han desarrollado actividades y formas de vida que no pueden medirse únicamente en términos de rentabilidad económica. Es un sistema vivo, conectado con otros cuerpos de agua y con el mar. Su equilibrio depende de procesos ecológicos complejos. También custodia una memoria que comenzó mucho antes de la llegada de los puertos modernos y de las grandes infraestructuras.
La expansión del Puerto de Manzanillo representa uno de los mayores desafíos territoriales que enfrenta Colima. Una vez destruido su ecosistema, ninguna maquinaria puede garantizarnos su recuperación. Cuando desaparece un contexto arqueológico, se lleva con él una parte de la información que permite comprender nuestro pasado. Tampoco existe ingeniería capaz de reconstruir por completo un humedal destruido o devolver la memoria que queda bajo el concreto.
El debate sobre su futuro no debería plantearse como una confrontación entre desarrollo y conservación, sino cómo hacerlo sin convertir la destrucción ambiental y cultural en el precio inevitable del progreso.
Con información y fotos de Dr. Rafael Cruz/La historia de Colima
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