Es posible terminar de forma abrupta con los combustibles fósiles
La era de los combustibles fósiles llega a su fin. La emergencia climática y las obligaciones de los tratados internacionales parece que darán la puntilla a las fuentes de energía que han configurado el mundo que conocemos.
Después de haber sido el germen de un par de revoluciones industriales, haber ayudado a alimentar a una población mundial en crecimiento exponencial en los últimos dos siglos y haber facilitado el desarrollo a niveles no imaginables, ahora están en busca y captura.
Es una cuestión de plazos, de unas pocas décadas quizá, pero acabarán en desuso, ya que se les responsabiliza de graves problemas ambientales por su utilización masiva: la contaminación atmosférica y el calentamiento global.
En efecto, los argumentos de quienes estudian los fenómenos del cambio climático y las evidencias obtenidas en su trabajo son convincentes: los modelos cada vez son mejores.
Parece evidente que estamos cambiando el panorama global con nuestras emisiones de CO₂.
Desde la geoquímica ambiental se muestra cómo la huella de las emisiones de todo tipo aparece en archivos geológicos como suelos o turberas.
La reducción de las emisiones de CO₂ (también las de CH₄ y N₂O, metano y óxido de nitrógeno respectivamente) es necesaria, pero ¿a qué velocidad es posible hacerlo sin generar graves consecuencias?
Es muy complejo dejar de usar sustancias minerales a las que se debe en gran parte el desarrollo del mundo contemporáneo, de su economía, de su demografía y, en definitiva, del modo de vida actual.
El feo de esta película siempre ha sido el carbón. Carbón que traen los Reyes Magos a quien se comporta mal, que tizna de color oscuro todo lo que toca, que llenaba de polvo la atmósfera de las ciudades, que cubría de escombros a los sufridos mineros.
En favor de la industria carbonera habrá también que decir que se han hecho esfuerzos enormes desde los 80 del siglo pasado en el denominado uso limpio del carbón.
El malo es, por supuesto, el petróleo. Es poco probable que exista material, sustancia o ser vivo en la naturaleza tan despreciado y cargado de connotaciones negativas.
Y eso que el petróleo, como el gas y el carbón, es natural, tan natural como un volcán, un lobo, un virus o un paisaje protegido.
El gas natural, más limpio que el carbón y el petróleo, invisible, con mayor poder calorífico, fue el tercero de la lista en incorporarse de manera masiva a nuestras vidas. Ahora todos los focos se dirigen hacia él por las subidas de precios, por el invierno y por las tensiones en Rusia y Argelia.
Ocurre que el gas es clave en el equilibrio con las renovables y va a seguir siéndolo. Incluso las previsiones más optimistas le dan un papel muy relevante en el mix energético en 2050.
Una transición acelerada y radical contra el uso de los combustibles fósiles podría crear problemas económicos y desajustes en algo tan capital como la producción de energía; son riesgos estos, también los sociales, que deberían valorarse.
Una excesiva electrificación futura no parece tampoco una buena idea sin un respaldo con otras tecnologías y una logística adecuada.
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