Sequías e inundaciones: una amenaza creciente en el Mediterráneo

La cuenca del Mediterráneo ha convivido durante siglos con sequías e inundaciones. Estos fenómenos extremos siempre formaron parte de su historia. De hecho, existen registros desde 1259 sobre inundaciones en la Cuenca del Río Segura. Aquellos eventos dejaron enormes pérdidas materiales y cobraron vidas, algo que muestra la vulnerabilidad de una región marcada por climas cambiantes.

Sin embargo, hoy el panorama es distinto. Aunque estos eventos son endémicos del Mediterráneo, el cambio climático aumenta su frecuencia e intensidad. Es una tendencia que ya afecta a numerosos territorios y que podría acelerarse en las próximas décadas si no se modifican las prácticas actuales.

Además, el crecimiento urbano sin planificación, la agricultura intensiva y la falta de una gestión integral del agua incrementan los riesgos. Las sociedades se vuelven más vulnerables porque amplían su exposición a sequías e inundaciones.

Europa, un laboratorio de extremos climáticos

Europa ha vivido episodios recientes que ilustran la magnitud de esta crisis. En 2022, una fuerte sequía dejó al descubierto las “piedras del hambre” en el río Elba, marcadores históricos de periodos de escasez. Un año después, un incendio en la región griega de Evros arrasó cerca de 90 000 hectáreas y se convirtió en el mayor registrado en el continente.

También destacan las inundaciones provocadas por la dana que golpeó la región de Valencia en 2024. A pesar de su extensión limitada, terminaron siendo las más destructivas en la Unión Europea en términos de daños humanos y materiales. Estos episodios muestran cómo los impactos se intensifican en zonas densamente pobladas.

El límite de las infraestructuras grises

Durante décadas, la respuesta institucional se centró en construir presas, embalses y canalizaciones. Estas obras buscaban almacenar agua, proteger poblaciones y acelerar la evacuación de lluvias intensas. Sin embargo, el riesgo no ha disminuido de forma significativa. En ocasiones incluso aumentó.

Esto ocurre porque la superficie de las llanuras aluviales se ha reducido. También porque muchas actividades económicas y zonas residenciales se instalaron en espacios que se consideraban seguros. Esa falsa sensación de protección ha incrementado las pérdidas cuando ocurre un evento extremo.

Soluciones basadas en la naturaleza: una ruta necesaria

Frente a esta situación, distintas instituciones internacionales impulsan soluciones basadas en la naturaleza. Estas medidas pueden complementar o sustituir infraestructuras convencionales. Su objetivo es recuperar funciones ecológicas clave que disminuyen el impacto de sequías e inundaciones.

La evidencia muestra que estas estrategias mejoran la infiltración del agua y reducen la energía de los flujos durante lluvias intensas. Pero surge una duda central: ¿qué soluciones deben priorizarse en las cuencas mediterráneas?

1. Reforestación de cabeceras

La reforestación en cabeceras de cuencas y subcuencas ofrece altos beneficios. Aunque aumenta la cobertura vegetal, debe planearse con cuidado. El consumo hídrico de la vegetación puede reducir el agua disponible en embalses y agravar sequías.

Por ello, se recomienda usar especies nativas, combinar estratos arbóreos y arbustivos y controlar la densidad con gestión silvopastoral. Esta combinación reduce riesgos de incendios y mejora el ciclo hidrológico.

2. Renaturalización de ríos y llanuras aluviales

Otra medida clave es recuperar el espacio natural de los ríos. La restauración del río Arga, en Navarra, demuestra su efectividad. Allí se eliminaron escolleras, se reconectaron meandros y se alejaron motas para reducir la presión del agua.

Un estudio reciente sugiere que estas acciones podrían funcionar también en cuencas como la del Segura. Sin embargo, presentan desafíos fuertes. La necesidad de expropiar terrenos con alto valor económico suele generar rechazo social y frena decisiones políticas.

3. Agroecología en tierras agrícolas

Las prácticas agroecológicas ofrecen soluciones eficaces y accesibles. Reducen la erosión, mejoran la infiltración y regeneran suelos. Técnicas como la mínima labranza, el uso de cubiertas vegetales y la aplicación de compost aumentan la materia orgánica y la retención de agua.

También destacan la recuperación de terrazas tradicionales, la instalación de setos y los diseños de línea clave, que distribuyen mejor el agua de lluvia. Además, los sistemas agroforestales y silvopastorales fortalecen la resiliencia agrícola ante sequías e inundaciones.

4. Infraestructuras verdes en ciudades

Las zonas urbanas requieren soluciones propias. Los parques de inundación, techos verdes, pavimentos permeables, bosques urbanos y corredores verdes reducen temperaturas, disminuyen la isla de calor y atenúan impactos hidrológicos. También ofrecen espacios recreativos valiosos para la población.

Estas acciones deben complementarse con medidas “aguas arriba”. Solo así se evitan picos extremos en ríos y ramblas durante lluvias intensas.

Cómo impulsar estas soluciones

La adopción de soluciones basadas en la naturaleza sigue siendo limitada. Influyen barreras económicas, culturales, normativas y la falta de participación social. Aun así, existen rutas claras para fomentar su implementación:

  • Gobernanza territorial responsable.

  • Formación técnica y política.

  • Gestión integrada del agua y las cuencas.

  • Más recursos para prácticas agroecológicas.

  • Normativas más fuertes para proteger humedales y llanuras aluviales.

  • Procesos participativos y ciencia ciudadana.

El Mediterráneo enfrenta una crisis climática que exige nuevas respuestas. Integrar la naturaleza como aliada puede marcar la diferencia en las próximas décadas.

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reddmemp

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