Un Atlántico inusualmente tranquilo: por qué no se han formado huracanes en 2026 

Un Atlántico inusualmente tranquilo: por qué no se han formado huracanes en 2026
Un Atlántico inusualmente tranquilo: por qué no se han formado huracanes en 2026 

La temporada de huracanes de 2026 en el Atlántico ha mostrado un comportamiento poco habitual: mientras agosto, septiembre y octubre suelen concentrar la mayor actividad ciclónica, hasta el 28 de septiembre no se ha formado ningún huracán en la cuenca. Aunque se han registrado ocho tormentas tropicales, Arthur, Bertha, Cristobal, Dolly, Edouard, Fay, Gonzalo y Hanna, ninguna ha alcanzado la intensidad necesaria para convertirse en huracán. 

La situación resulta particularmente llamativa porque septiembre es, climatológicamente, uno de los meses de mayor actividad del Atlántico. La temporada oficial se extiende del 1 de junio al 30 de noviembre, pero el periodo de mayor actividad suele concentrarse entre agosto y octubre. 

¿Qué explica entonces esta inusual tranquilidad? Para entenderlo es necesario observar no solo las condiciones del océano, sino también lo que ocurre en la atmósfera. 

UNAM Global entrevistó a la Dra. Christian Domínguez Sarmiento, investigadora titular del Instituto de Ciencias de la Atmósfera y Cambio Climático de la UNAM, para conocer cuáles son los factores que están influyendo en la temporada de este año. 

¿Qué necesita un ciclón tropical para convertirse en huracán? 

Para que un ciclón tropical se forme y pueda intensificarse hasta convertirse en huracán deben coincidir varios ingredientes. El océano necesita proporcionar suficiente calor, generalmente se considera favorable una temperatura superficial de alrededor de 26.5 °C o superior; la atmósfera debe contar con suficiente humedad y la cizalladura vertical del viento, es decir, los cambios en la velocidad o dirección del viento con la altura, no debe ser demasiado intensa. 

También se necesita la fuerza de Coriolis, un efecto de la rotación de la Tierra que ayuda a que el aire en movimiento comience a girar alrededor de un centro de baja presión, donde puede desarrollarse un ciclón tropical. 

Por eso, un océano cálido por sí solo no garantiza la formación de un huracán. El desarrollo y la intensificación de estos sistemas dependen de que las condiciones del océano y de la atmósfera sean favorables simultáneamente. 

Y es precisamente en la configuración de esos vientos donde entran en juego otros patrones de circulación atmosférica, como El Niño y la Oscilación Cuasi-Bienal (QBO, por sus siglas en inglés). 

¿Cómo influyen El Niño y la QBO? 

El Niño modifica los patrones de circulación de la atmósfera y puede favorecer, en determinadas regiones del Atlántico, una mayor cizalladura vertical del viento, lo que dificulta la formación y el fortalecimiento de ciclones tropicales.  

De esta manera, incluso cuando el océano conserva temperaturas suficientemente elevadas, la atmósfera puede impedir que las tormentas se organicen y evolucionen hacia sistemas más intensos, como los huracanes. 

La influencia de El Niño, sin embargo, no es uniforme en toda la cuenca. El Atlántico es una región extensa, con condiciones atmosféricas y oceánicas diferentes, por lo que puede haber zonas donde el ambiente sea más favorable para la formación de ciclones.  

En el caso de México, comentó la investigadora del ICAyCC, el Caribe y el Golfo de México son particularmente relevantes, ya que las condiciones atmosféricas asociadas con este fenómeno pueden reducir las posibilidades de desarrollo de ciclones. 

A esta configuración se suma otro fenómeno que la Dra. Christian, junto con sus colegas del Instituto de Ciencias de la Atmósfera y Cambio Climático (ICAyCC), el Dr. Alejandro Jaramillo Moreno, la Dra. Graciela Binimelis de Raga y el Dr. Ignacio Arturo Quintanar, llevan tiempo analizando: la Oscilación Cuasi-Bienal. 

La QBO es una variación natural de los vientos de la estratosfera tropical, que alternan entre fases del este y del oeste aproximadamente cada 24 a 30 meses. Estos cambios se desplazan gradualmente hacia niveles inferiores de la estratosfera y pueden influir en la circulación atmosférica tropical. 

Diversos estudios han analizado una posible relación entre las fases de la QBO y la actividad de los ciclones tropicales en el Atlántico. Aunque investigaciones realizadas con registros históricos encontraron asociaciones entre determinadas fases y una mayor o menor actividad ciclónica, trabajos posteriores han mostrado que esta relación no ha sido constante a lo largo del tiempo. 

Por ello, ni El Niño ni la QBO pueden explicar por sí solos la ausencia de huracanes. Lo importante es la interacción conjunta de ambas oscilaciones que modifican diferentes patrones atmosféricos y oceánicos.  

En el escenario descrito por la especialista, la combinación de El Niño más una QBO ha contribuido a mantener condiciones poco favorables para que las tormentas se organicen y se intensifiquen durante buena parte de la temporada. 

De esta manera, la excepcional quietud del Atlántico no responde a una sola causa. Es el resultado de la coincidencia de diferentes condiciones que, al interactuar, han dificultado que las tormentas tropicales evolucionen hasta convertirse en huracanes. 

Un fenómeno extraordinario 

Que hasta finales de septiembre no se haya formado ningún huracán resulta particularmente inusual porque este periodo coincide con el pico climatológico de actividad del Atlántico. 

Para dimensionar el comportamiento de este año, basta compararlo con temporadas en las que la formación del primer huracán ocurrió relativamente tarde. En 2002, Gustav se convirtió en el primer huracán de la temporada el 11 de septiembre, mientras que en 2013 Humberto alcanzó esa categoría también el 11 de septiembre. 

La ausencia de huracanes hasta este momento ya representa el inicio de temporada más tardío sin que se haya formado uno desde el comienzo de la vigilancia satelital moderna en los años 60’s. 

La situación adquiere una dimensión histórica adicional si la temporada terminara sin huracanes. La Dra. Christian citó los registros de 1907 y 1914, años en los que no se reportaron huracanes en el Atlántico.  

Sin embargo, estos registros deben tomarse con cautela, ya que corresponden a una época anterior a la observación satelital moderna y la capacidad para detectar y registrar sistemas sobre el océano era mucho más limitada. 

Que no haya huracanes no significa que no haya peligro 

Esta inusual tranquilidad tampoco debe interpretarse como una desaparición del riesgo. La Dra. Christian subrayó que una sola tormenta tropical puede producir lluvias torrenciales, inundaciones, desbordamientos de ríos y deslaves incluso sin alcanzar la categoría de huracán. 

Cuando un sistema se intensifica considerablemente, además, aumentan otros peligros, como los vientos destructivos, el oleaje y la marea de tormenta, que ocurre cuando los niveles del mar se elevan anormalmente por efecto de los vientos y la presión asociados con un ciclón. Las comunidades costeras son particularmente vulnerables a este fenómeno. 

Por ello, una temporada con pocos huracanes puede seguir teniendo consecuencias importantes. El riesgo no depende únicamente del número de sistemas que se formen, sino también de su trayectoria, intensidad, tamaño y del lugar donde eventualmente impacten. 

Además, la temporada de huracanes concluye hasta noviembre, por lo que las condiciones atmosféricas pueden volverse un poco más favorables para que se formen en el Atlántico. La falta de huracanes hasta ahora, por tanto, no significa que el riesgo haya terminado. 

Los huracanes también cumplen una función en el sistema climático 

Uno de sus principales efectos es el transporte de calor y humedad desde las regiones tropicales hacia latitudes mayores. Al liberar grandes cantidades de energía y redistribuir el calor acumulado en el océano, los ciclones contribuyen al intercambio de energía entre el océano y la atmósfera y entre distintas regiones del planeta. 

También pueden desempeñar un papel importante en el ciclo del agua. Las grandes cantidades de lluvia asociadas con estos sistemas pueden recargar ríos, lagos, presas y acuíferos, además de aportar agua a regiones que pueden atravesar periodos de sequía. En algunas zonas, las precipitaciones de los ciclones representan una parte importante de la lluvia anual. 

En los ecosistemas costeros también pueden producir efectos que, aunque ocurren de manera abrupta y pueden resultar destructivos, forman parte de procesos naturales.  

Los vientos, el oleaje y las mareas de tormenta pueden redistribuir sedimentos y nutrientes, modificar temporalmente las condiciones de los humedales y favorecer procesos de renovación en determinados ambientes costeros. 

En este sentido, la ausencia prolongada de ciclones tampoco debe interpretarse simplemente como una situación positiva. Estos fenómenos forman parte del funcionamiento natural del sistema climático y sus efectos pueden ser distintos dependiendo de la región, el ecosistema y las condiciones previas. 

El problema surge cuando estos fenómenos interactúan con sociedades altamente expuestas y vulnerables. Cuando un ciclón afecta zonas pobladas, sus consecuencias dependen no solo de la intensidad del sistema, sino también de factores como su trayectoria, tamaño, duración, exposición de la población, infraestructura y capacidad de respuesta. 

Por ello, entender los huracanes implica reconocer ambas dimensiones: son fenómenos capaces de provocar daños severos, pero al mismo tiempo forman parte de procesos naturales que contribuyen a redistribuir energía, agua y materia dentro del sistema terrestre. 

En alerta porque aún falta 

El Atlántico todavía tiene varias semanas por delante antes de que termine oficialmente la temporada. Y aunque la ausencia de huracanes hasta esta fecha ya convirtió a 2026 en un año excepcional, las condiciones que hoy mantienen contenida la actividad ciclónica no son permanentes. La atmósfera puede cambiar, y con ella también el comportamiento de las tormentas. 

Por ahora, el océano y la atmósfera ofrecen una imagen poco habitual: un Atlántico con suficiente energía disponible, pero con una atmósfera que ha dificultado que esa energía se transforme en huracanes. Es precisamente esa diferencia entre lo que el océano puede ofrecer y lo que la atmósfera permite desarrollar la que hace de esta temporada un caso particularmente interesante para entender la compleja relación entre ambos. 

Con información de la UNAM 

TE RECOMENDAMOS LEER: semarnat-debate-ley-general-del-equilibrio-ecologico-y-la-proteccion-al-ambiente

noticias relacionadas