Ampliación del Puerto hacia el Vaso II de la Laguna de Cuyutlán amenaza riqueza ambiental y arqueológica de México: Rafael Cruz
Colima está a punto de experimentar una transformación cuyas dimensiones quizá todavía no alcanzamos a comprender. La ampliación del Puerto de Manzanillo hacia el Vaso II de la Laguna de Cuyutlán acelerará el crecimiento industrial, la movilidad, la inseguridad y alterará uno de los territorios con mayor riqueza ambiental y arqueológica de México. Una vez destruido su ecosistema y borrada su herencia arqueológica, no existe ingeniería capaz de reconstruir la memoria, escribe el fotoperiodista y defensor de la memoria histórica de Colima, Rafael Cruz en la Revista Polifónica.
El 24 de junio de 2026 asistí a la reunión pública de información sobre el proyecto Puerto Laguna de Cuyutlán (Puerto Nuevo Manzanillo), celebrada en el Auditorio Marbella, en la misma ciudad portuaria. Ahí presenté la ponencia Laguna de Cuyutlán, tesoro biocultural de Colima.
Poco después de las ocho de la mañana comenzaron a llegar investigadores, pescadores, salineros, organizaciones sociales, ambientalistas, periodistas, prestadores de servicios, funcionarios y habitantes de distintas comunidades, quienes alzaron la voz para defender uno de los humedales costeros más importantes del Pacífico mexicano. Más de seiscientas personas acudimos para discutir uno de los proyectos de infraestructura más ambiciosos del país: la expansión del Puerto de Manzanillo hacia la Laguna de Cuyutlán.
La reunión fue convocada a petición de la sociedad civil organizada, conforme a lo establecido en la Ley General del Equilibrio Ecológico y la Protección al Ambiente. Su propósito fue presentar el proyecto, escuchar a los responsables técnicos y abrir un espacio para que la ciudadanía formulara preguntas, expresara observaciones y planteara propuestas sobre el estudio de impacto ambiental.
El proyecto de ampliación del puerto, impulsado por la Secretaría de Marina (SEMAR) y la Administración del Sistema Portuario Nacional (ASIPONA), contempla una inversión superior a los 63 mil millones de pesos, con recursos públicos y privados, con el objetivo de convertir a Manzanillo en el puerto con mayor capacidad de América Latina. Este desarrollo se construirá sobre una superficie de 1,880 hectáreas, casi cuatro veces mayor que el actual puerto de San Pedrito.
La fase de participación ciudadana estuvo marcada por el rechazo de un amplio sector de la población quienes manifestaron su preocupación por las afectaciones a la laguna. En total hubo 21 ponencias.
Durante los diez minutos asignados para las presentaciones decidí no hablar únicamente del impacto ambiental. Mi intervención buscó colocar en la discusión un aspecto prácticamente ausente durante toda la jornada: el patrimonio arqueológico de la Laguna de Cuyutlán. En mi intervención insistí en que la discusión ambiental no podía separarse del patrimonio histórico, debido a que este territorio fue, durante siglos, uno de los principales centros de intercambio marítimo del Occidente de México.
“¿Cuánto vale la historia de Colima?”, pregunté frente a los representantes institucionales. Después cuestioné la ausencia de representantes del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) en la mesa y advertí que, una vez más, el patrimonio prehispánico había quedado relegado del debate público:
“Nos dimos cuenta de la importancia que le dan a la arqueología en esta conmemoración que hubo por los 500 años de la fundación de Colima, al dejar nuestra herencia cultural prehispánica completamente ignorada y minimizada siendo que los colimenses poseemos un gran legado histórico y somos parte de él”.
Gran parte de ese patrimonio ya desapareció y quizá solamente queden muy pocos vestigios. “En mi carácter de mexicano, colimense y defensor de la memoria histórica de Colima, les vengo a pedir que por favor no menosprecien la herencia cultural, la cual ya ha sido destruida hasta más no poder”. Mientras en Manzanillo se discutía el futuro de la laguna, ese mismo día, en París, varias piezas arqueológicas procedentes de Colima, producto del saqueo, eran ofrecidas en subasta por la casa Millon & Associés.
Desde el colectivo cultural La Historia de Colima, hemos documentado y reportado diversos hallazgos arqueológicos al INAH, por lo que consideré indispensable participar en la discusión pública, porque gran parte de la historia de la Laguna de Cuyutlán permanece poco difundida y el sitio no puede entenderse como un espacio sin antecedentes.
Recordé que en este paisaje existió una industria naval prehispánica desde la cual los antiguos habitantes de la región establecieron redes de intercambio marítimo. «Tenemos una deuda histórica con la Laguna de Cuyutlán. Hoy debemos poner en la balanza el respeto por la naturaleza y por la identidad cultural», concluí.
Esta preocupación no es reciente. El maestro Benjamín Velasco, integrante de la Asociación Pro Conservación del Patrimonio Arqueológico y Cultural de Colima (APPACC), denunció desde la década de 1980 el saqueo arqueológico asociado a la apertura del Canal de Tepalcates, debido a que muchas intervenciones se realizaron sin supervisión especializada, lo que provocó la pérdida irreversible de bienes culturales.
Los mismos pescadores reportaban a trabajadores de la obra de dragado, que sacaban piezas cerámicas y se las llevaban”, por lo que hice énfasis en la necesidad de que no se realicen obras en la laguna sin la supervisión del INAH.
Aproveché también la presencia de representantes de instituciones académicas, tanto presenciales como en línea, para plantear una propuesta que considero impostergable: la creación de una escuela de arqueología en Colima.
También señalé una carencia histórica de Manzanillo: la ausencia de un museo dedicado al pasado prehispánico del municipio. Reconocí que la actual Manifestación de Impacto Ambiental (MIA) contemplaba la protección de las Islas Cocodrilo -registradas ante el INAH desde 1986 y conocidas antiguamente como Isla de los Alacranes-, y pedí que esa protección se mantenga sin modificaciones y que este conjunto arqueológico sea declarado la tercera zona arqueológica abierta al público en Colima, pues su valor histórico y paisajístico ofrece una oportunidad única para fortalecer la investigación, la educación y el turismo cultural.
Las investigaciones de las últimas dos décadas apuntan hacia una misma dirección: la Laguna de Cuyutlán fue mucho más que un humedal costero. Fue un espacio estratégico para el intercambio marítimo prehispánico. No puede ignorarse que el Vaso II de este humedal posee un valor biocultural incalculable. Sin embargo, el proyecto transformaría profundamente este paisaje para permitir la expansión portuaria.
En este santuario natural permanecen numerosos sitios arqueológicos cuya importancia trasciende el ámbito local. Su conservación permitiría comprender una parte fundamental de la historia marítima del Occidente de México. Si el proyecto se desarrolla sin modificaciones, muchos de esos vestigios desaparecerán bajo la infraestructura portuaria y con ellos una parte irrecuperable de la memoria histórica de Colima.
Conservar intacto el contexto arqueológico de este antiguo astillero resulta fundamental para comprender una de las historias menos conocidas de México. Diversas investigaciones sostienen que desde la costa de Colima existieron redes de intercambio marítimo con Sudamérica.
Los arqueólogos James Zeidler y José Carlos Beltrán Medina documentan estas conexiones a través de la denominada Ruta de la Concha, sustentadas en similitudes cerámicas encontradas tanto en Ecuador como en Colima. La evidencia sugiere un intercambio transoceánico desarrollado más de mil años antes de la llegada de los españoles a América.
Esta no es una hipótesis aislada. En Colima y sus tesoros (2001), la arqueóloga Olga Cano Díaz señala que los materiales arqueológicos recuperados en Playa El Tesoro, fechados entre los años 200 y 700 d. C., constituyen indicios de contactos mediante navegación de cabotaje con culturas de Perú.
Siglos después el mismo litoral formó parte de las rutas transpacíficas con Filipinas y China mediante el Galeón de Manila. En conjunto, estas investigaciones obligan a replantear la historia marítima de Colima.
En La vida en época prehispánica en la Laguna de Cuyutlán, Colima, México: conocimiento, adaptación y aprovechamiento de recursos del medio ambiente (2015), las arqueólogas María Antonieta Moguel Cos, Margarita Carballal Staedtler y María de los Ángeles Olay Barrientos, advierten que la costa de Colima continúa siendo una de las regiones menos estudiadas desde el punto de vista arqueológico.
Su investigación documenta dieciséis sitios alrededor de la laguna, pertenecientes principalmente a las fases Colima y Armería (400-900 d. C.), además del hallazgo de petrograbados, estructuras arquitectónicas, una aldea y una loma funeraria con más de 2,500 años de ocupación.
Cinco años después, las mismas investigadoras publicaron La arqueología de la Laguna de Cuyutlán, Manzanillo, Colima, donde ampliaron ese diagnóstico con el registro de otros quince sitios arqueológicos. Estos trabajos fueron realizados como parte de las intervenciones del INAH derivadas de los proyectos de expansión portuaria.
En sus conclusiones advierten una paradoja: “Este gran proyecto de transformación de la costa de Colima se instrumentó a contrapelo de las inversiones previas que apostaban por la conservación del entorno de la gran Laguna de Cuyutlán”.
Conservar el contexto arqueológico del Vaso II es una acción ineludible. Si las obras avanzan sin modificaciones sustanciales, este vaso lacustre podría incorporarse a una larga lista de santuarios históricos destruidos en la costa de Manzanillo en “aras” del progreso, como El Tesoro, La Audiencia, Las Hadas, Majahua, Tapeixtles, Tzalahua, Valle de las Garzas, Ventanas, Xoloapan, entre otros.
La memoria histórica también necesita de instituciones y de una sociedad que sea consciente de su valor y de la importancia de preservarla.
Desde tiempos remotos, la Laguna de Cuyutlán ocupó un lugar estratégico por uno de sus recursos más valiosos: la sal. Considerada el «oro blanco» del mundo mesoamericano, este mineral fue un producto indispensable para la alimentación y un bien de intercambio que favoreció el desarrollo económico y las relaciones comerciales entre distintos pueblos.
La sal de Cuyutlán, considerada hoy en día como una de las mejores del mundo, continúa siendo uno de los principales símbolos culturales y productivos de la región.
Sin embargo, especialistas advierten que la pérdida de conectividad ecológica y la constante amenaza de contaminación por combustóleo podrían poner en riesgo su producción. Más allá de su valor económico, constituye un patrimonio vivo que ha dado identidad a las comunidades laguneras durante siglos.
El estudio de impacto ambiental contempla la realización de un rescate arqueológico; sin embargo, esta medida no sustituye la conservación integral del contexto arqueológico ni garantiza la protección definitiva de los vestigios que permanecen en la zona.
En septiembre de 2025, la delegación del INAH en Colima informó que preparaba un programa de salvamento arqueológico para el Vaso II de la Laguna de Cuyutlán. Sin embargo, el salvamento no evita la destrucción de un patrimonio tangible.
Los salvamentos o rescates arqueológicos constituyen excavaciones de emergencia, inherentemente destructivas e irreversibles, que buscan recuperar la mayor cantidad de información en sitios a punto de ser desaparecidos.
Aunque rescatan información valiosa, se pierde el contexto original. Implica limitaciones de tiempo y recursos que impiden la recuperación de toda la información y vestigios que no pueden trasladarse.
Subrayé que el debate no debía convertirse en un juicio contra el INAH, sino en un llamado a fortalecer a una institución que durante décadas ha trabajado con recursos limitados. Además de las zonas arqueológicas de La Campana y El Chanal, Colima cuenta con alrededor de seiscientos sitios arqueológicos registrados.
Planteé entonces una pregunta que pocas veces aparece en la discusión pública: ¿qué ocurre con las piezas y el conocimiento generado en los salvamentos arqueológicos, y de qué manera esa información regresa a la sociedad?
Por respeto a tanta historia que se va a destruir, también propuse la creación de un museo de sitio que permitiera resguardar, investigar y difundir los materiales recuperados durante las intervenciones arqueológicas. Más allá de exhibir piezas, un espacio de esta naturaleza contribuiría a preservar y enaltecer la memoria de las antiguas comunidades que habitaron la laguna y ofrecería a la población una oportunidad para conocer ese legado.
La discusión pública se desarrolló a partir de la nueva Manifestación de Impacto Ambiental, declarada procedente por la Dirección General de Impacto y Riesgo Ambiental (DGIRA) el 5 de junio de 2026. Sin embargo, los trabajos preliminares comenzaron en noviembre de 2024, antes de la autorización ambiental correspondiente. Incluso en ese momento, había maquinaria trabajando en la laguna. Lo que atenta contra nuestro Derecho a la Cultura, debido a que antiguamente el nivel del agua estaba mucho más bajo, por lo tanto, hay muchas cosas que no se ven que se están destruyendo.
Recordemos que la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (SEMARNAT) determinó en dos ocasiones (septiembre de 2025 y enero de 2026) el cierre del expediente ambiental del proyecto Puerto Nuevo Manzanillo, al negar la autorización de impacto ambiental.
La dependencia determinó que la obra altera el flujo hídrico y pone en riesgo irreversible este humedal protegido. La dependencia frenó el proceso inicial al detectar modificaciones sustanciales sin estudios técnicos actualizados y emitió dictámenes concluyendo que los cambios del proyecto provocan nuevas afectaciones no evaluadas, potencialmente irreversibles para el ecosistema.
La situación del patrimonio arqueológico en Colima refleja un problema de conservación que se ha agravado durante las últimas décadas. Numerosos sitios descubiertos ni siquiera alcanzan a ser investigados o protegidos formalmente, antes de que desaparezcan o sean olvidados y queden devorados por el acelerado crecimiento urbano y sea una pérdida silenciosa y progresiva de la historia de Colima, sin que nadie se entere.
La conservación arqueológica no solo es proteger piedras o cerámica, sino la verdadera apropiación es que la misma comunidad lo conozca, lo integre a su identidad y participe en su preservación. Porque aquello que no se conoce difícilmente puede valorarse; y lo que no se valora termina por perderse.
A esta problemática se suma la limitada disponibilidad de recursos destinados a la investigación arqueológica. Esa situación restringe las labores de conservación, restauración y salvamento, además de retrasar la difusión del conocimiento generado por los especialistas.
En cuanto al estado de conservación de las zonas arqueológicas de Colima es desigual. Mientras sitios como La Campana han registrado avances importantes en investigación y conservación, esos esfuerzos requieren continuidad presupuestal para consolidarse. Una situación similar enfrenta El Chanal, cuyo valor histórico demanda mayores recursos para garantizar su preservación y ampliar su investigación.
Diversos especialistas coinciden en que fortalecer la investigación y la conservación del patrimonio arqueológico no solo protege la memoria histórica de Colima, sino que también genera oportunidades para la educación, la investigación científica y el turismo cultural.
La reunión informativa concluyó sin acuerdos definitivos, con expectativas por el crecimiento industrial y fuertes cuestionamientos de los sectores productivos locales respecto a su impacto ambiental y social.
El proceso de evaluación ambiental continuará en las próximas etapas antes de que las autoridades determinen la viabilidad definitiva del proyecto.
Proteger la Laguna de Cuyutlán no es una discusión anclada en el pasado, sino una decisión que definirá el futuro del estado.
El maestro Raymundo Espinoza Hernández, especialista en la defensa de comunidades originarias y patrimonio arqueológico, opina que, “en México existe un fenómeno de urbanización salvaje que agota recursos naturales, incluido el patrimonio histórico que es invaluable.
En un país como México, multicultural y con una herencia tan grande, se nos olvida que todos tenemos algo de indígenas. Todos somos parte de una misma identidad, porque todos hemos pasado por un proceso complejo de mestizaje. Así que, cuando atacan el patrimonio cultural y arqueológico de Colima, lo cierto es que es un golpe para todos. Todos estamos unidos en una sola historia y memoria”.
Ningún crecimiento industrial que se haga llamar “progreso” vale la pena si se sacrifica un medio ambiente sano y la belleza natural de un ecosistema, la humanidad debe coexistir con su entorno, no acaparar sin medida.
Dentro de algunas décadas, cuando los barcos entren al nuevo puerto y las grúas sustituyan el horizonte que hoy ocupan los manglares, pocos recordarán que bajo ese concreto existió uno de los paisajes culturales más antiguos del Pacífico mexicano. Tal vez el progreso llegue puntualmente. Lo que nadie podrá recuperar será la memoria enterrada bajo sus cimientos.
Con información y foto de Rafael Cruz de la Revista Polifónica
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