Durante más de cien años, la oceanografía moderna se ha sustentado sobre los principios establecidos por el sueco Vagn Walfrid Ekman en 1905. Su famosa teoría explica cómo el viento y la rotación terrestre dirigen los movimientos de las corrientes en la superficie del mar.
Sin embargo, observaciones recientes en la bahía de Bengala descolocan a los expertos: allá, las aguas se comportan justo al revés de lo que Ekman imaginó.
Investigadores de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA, por sus siglas en inglés), del Indian National Center for Ocean Information Services y de la Universidad de Zagreb documentaron corrientes desplazándose en dirección opuesta a la predicha por Ekman. Según el estudio publicado en Science Advances, este descubrimiento supone un avance enorme que podría obligarnos a repensar cómo funcionan realmente los océanos y qué significa eso para el clima global.
La teoría de Ekman es, desde 1905, un pilar de la oceanografía física. Según su modelo, las masas de agua en el hemisferio norte deberían desviarse sistemáticamente hacia la derecha respecto a la dirección del viento, mientras que en el hemisferio sur deberían ir hacia la izquierda, todo por el efecto de la fuerza de Coriolis.
Este principio da lugar al fenómeno conocido como espiral de Ekman, donde la dirección de la corriente cambia progresivamente con la profundidad hasta anularse.
Gracias a esta espiral, la ciencia pudo durante generaciones comprender cómo interactúan océano y atmósfera; también sirvió de base para muchos modelos climáticos. Pero como siempre, la naturaleza tiene su propio sentido del humor.
Una boya anclada en la bahía de Bengala, exactamente a 13,5° de latitud norte, empezó a registrar hace años algo raro: durante diez años de mediciones, los científicos vieron que las corrientes superficiales se desviaban sistemáticamente a la izquierda del viento dominante.
Es decir, justo lo opuesto de lo que debería suceder en el hemisferio norte si seguimos las reglas de Ekman.
Esta anomalía se debe a las condiciones oceanográficas particulares de la bahía de Bengala. La región tiene una estratificación muy marcada, definida por una termoclina estable que separa las aguas cálidas de la superficie de las aguas frías y profundas.
Esta estructura limita fuertemente los intercambios verticales y amplifica la influencia del viento en la capa más superficial.
El fenómeno es especialmente visible durante el monzón del suroeste, entre julio y agosto. En esos meses, brisas terrestres diurnas sorprendentemente regulares soplan hasta 400 o 500 kilómetros mar adentro frente a las costas de India.
Estos vientos, que alcanzan velocidades de entre 1 y 2 metros por segundo (entre 3,6 y 7,2 kilómetros por hora), pueden llegar a representar hasta el 15 % de la velocidad total del viento en la zona.
Un análisis detallado reveló que estas corrientes entran en la categoría de los llamados “flujos superinerciales”: oscilaciones cuya frecuencia supera la del período inercial local. Cuando estos vientos giran en sentido horario con una periodicidad diaria, pueden generar corrientes que se orientan a la izquierda, desmintiendo completamente a Ekman.
Esta anomalía oceanográfica podría tener consecuencias enormes para nuestra comprensión del sistema climático global. La bahía de Bengala es clave en la dinámica climática asiática y, en concreto, en el ciclo del monzón que afecta a casi un tercio de la población mundial. Así que no es cualquier charca.
Michael McPhaden, científico principal en la NOAA y coautor del estudio, destaca: “Estos hallazgos podrían transformar nuestro enfoque de los modelos oceánicos. Las interacciones entre vientos y corrientes influyen directamente en los intercambios de calor, nutrientes y carbono en los océanos, procesos fundamentales para el clima planetario”.
Además, este nuevo entendimiento podría mejorar la gestión de desastres. Las operaciones de búsqueda y rescate marítimo, la predicción de dispersiones de contaminantes como los derrames de petróleo, o incluso el estudio de los ciclos biogeoquímicos marinos se beneficiarían de una mejor simulación de las corrientes oceánicas.
Por último, los científicos esperan con impaciencia los datos de la próxima misión satelital de la NASA, Ocean Dynamics and Surface Exchange with the Atmosphere.
Estos satélites, capaces de medir simultáneamente vientos y corrientes con alta resolución, permitirán verificar si existen otras anomalías similares en diferentes zonas del planeta, poniendo aún más en duda la centenaria teoría de Ekman (quién lo iba a decir en 1905).
Con información de Futura-Sciences
Foto: Cookelman, iStock
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