Cambio climático

La “mancha blanca” convierte parte del Mar Menor en un desierto submarino

Durante décadas, el Mar Menor ha enfrentado una serie de alteraciones ambientales que han puesto a prueba la capacidad de recuperación de este ecosistema. Después de episodios como la llamada “sopa verde”, provocada por el exceso de nutrientes agrícolas que desencadenó una proliferación masiva de microalgas y alcanzó uno de sus momentos más críticos en 2016, la laguna litoral vuelve a estar bajo la lupa de la ciencia.

A este historial se suman varios episodios de falta de oxígeno que ocasionaron la muerte masiva de peces y crustáceos. Ahora, investigadores han puesto el foco en otro fenómeno que lleva años presente en la zona: la denominada “mancha blanca” o whiting.

Aunque este proceso no es nuevo en el Mar Menor, un equipo del Instituto Español de Oceanografía (IEO-CSIC) y de la Universidad de Murcia (UMU) ha logrado documentar por primera vez a escala mundial las consecuencias ecológicas de un episodio persistente de este fenómeno.

El estudio, publicado en Marine Pollution Bulletin, muestra que la mancha blanca no constituye únicamente una alteración en la apariencia del agua ni un fenómeno geoquímico aislado. Sus efectos alcanzan al fondo de la laguna y están provocando una pérdida considerable de vegetación, acompañada por una reducción y simplificación de las comunidades de peces.

Más de seis kilómetros cuadrados sin vegetación

El whiting aparece cuando aumenta el pH del agua, un proceso conocido como alcalinización. Esta modificación favorece la formación y precipitación de diminutos cristales de calcita que quedan suspendidos en el agua y le proporcionan una característica tonalidad blanca o azulada.

En el Mar Menor, el fenómeno se extiende actualmente por 12,3 kilómetros cuadrados, aproximadamente el 9 % de toda la laguna. Sin embargo, el impacto no se limita a la superficie.

La concentración de partículas ha incrementado la turbidez hasta nueve veces por encima de los niveles habituales, reduciendo significativamente la cantidad de luz capaz de atravesar el agua. Durante el periodo analizado, apenas 3,9 % de la luz solar alcanzaba el fondo en las zonas afectadas, frente al 18,3 % registrado en áreas consideradas saludables.

La consecuencia es especialmente grave para las praderas submarinas. La combinación entre la falta de luz y la acumulación constante de calcita sobre el fondo ha generado un núcleo de 6,7 kilómetros cuadrados completamente desprovisto de vegetación.

La magnitud de la pérdida de pradera es especialmente preocupante”, explica Víctor Orenes-Salazar, investigador del IEO-CSIC y autor principal del estudio. “La mancha blanca no se limita a cambiar el color del agua: reduce drásticamente la luz que llega al fondo y deposita de forma continua partículas de calcita sobre las plantas”.

Menos plantas, menos especies de peces

La desaparición de la vegetación submarina tiene consecuencias que van mucho más allá de las propias plantas. Las praderas funcionan como refugio, zonas de alimentación y espacios de reproducción para numerosas especies, por lo que su pérdida altera la estructura del ecosistema y obliga a parte de la fauna a buscar otros lugares.

Los datos recogidos por los investigadores muestran una reducción clara de la biodiversidad. Mientras que en las áreas sanas utilizadas como referencia se identificaron 21 especies diferentes, en las zonas situadas en el límite de la mancha se contabilizaron 10. En el núcleo más afectado, el número se redujo a apenas tres especies.

Entre las especies más perjudicadas se encuentran la aguja de río y el tordo, ambas estrechamente vinculadas a los ambientes con vegetación. En su lugar han ganado presencia especies más generalistas, como el gobio negro, capaces de adaptarse a condiciones ambientales más deterioradas.

Adrián Guerrero-Gómez, investigador del Departamento de Zoología de la UMU, advierte que el fenómeno se desarrolla sobre un ecosistema que ya ha sufrido importantes transformaciones.

La mancha blanca no está actuando sobre un ecosistema intacto, llega tras décadas de cambios y pérdida de hábitats profundos”, señala. “Nuestros resultados sugieren que este fenómeno está simplificando aún más unas comunidades que ya habían sufrido importantes transformaciones”.

Vigilar el avance del fenómeno

Ante la magnitud de los cambios observados, los investigadores consideran necesario mantener un seguimiento constante de la mancha blanca para determinar si puede extenderse hacia otras áreas sensibles del Mar Menor.

El monitoreo también será clave para responder una pregunta que todavía permanece abierta: ¿podrá recuperarse la vegetación cuando las condiciones ambientales mejoren?

Determinar si las praderas submarinas son capaces de recolonizar las zonas afectadas permitirá conocer hasta qué punto este ecosistema puede recuperarse después de la perturbación. Mientras tanto, el núcleo sin vegetación constituye una nueva señal de alerta sobre la presión acumulada que enfrenta uno de los ecosistemas costeros más vulnerables de España.

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Publicado por
Redacción Tercer Planeta

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